CARTA DEL PROVINCIAL: “CAMINANDO CON IGNACIO DE LOYOLA”

| agosto 11, 2016 | Comments (0)

El pasado mes de julio hemos celebrado y agradecido a Dios por la vida de San Ignacio de Loyola, culminando con las semanas ignacianas en los colegios jesuitas y con las celebraciones festivas del día 31 en la Parroquia de San Ignacio, Misiones y en la Comunidad de Cristo Rey, en Asunción. Celebramos y agradecemos porque en Ignacio de Loyola vemos claramente como una persona enteramente entregada a la gracia transformadora de Cristo llega a tener un profundo y duradero impacto en la vida de tantas personas, en la vida de la Iglesia y en la historia de la humanidad.

La vida de Ignacio nos muestra a un hombre de grandes ambiciones, con gran deseo de fama, honores y riqueza, dispuesto a jugarse la vida para alcanzar sus propósitos de grandeza mundana, hasta que cae herido en una batalla en la que su orgullo desmedido le lleva a resistir contra toda razón. Pero es en la derrota, en el derrumbe de sus pretensiones de grandeza, donde Ignacio descubre que sus sueños de gloria tienen una raíz más profunda que la de la gloria mundana y, tocado por la compasión sanadora de Cristo, encuentra un nuevo camino de grandes ideales para los que su corazón está hecho.

Ignacio de Loyola aprende la lección que enseña Jesús en el evangelio, que de nada le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo. Esta profunda convicción suya es la que repetía a su amigo Francisco Javier, hasta que lo convence de que la verdadera ambición es la de aquel que, sirviendo a los demás por amor de Cristo, acumula tesoros ante Dios.

Ignacio entiende que la acumulación desmedida de los bienes lleva a las personas y a su entorno hacia una profunda deshumanización y destrucción de las relaciones fraternas. Entiende que aquel que acumula para sí deshumaniza a las personas cuando con su ambición desmedida ignora su dignidad y las trata como meros instrumentos, como cosas que se pueden usar y descartar, pero al mismo tiempo se endurece y se deshumaniza a sí mismo al negarse a vivir como hermano del otro, al cerrarse ante la necesidad de su prójimo, al negarse a compartir los bienes por no entender que son medios provisoriamente a su cargo y que están destinados por Dios para que todos tengan vida en abundancia.

Una de las muestras de la necesidad de este reconocimiento en nuestro país pasa por la carpa de los familiares de los campesinos de Curuguaty que resisten hoy contra el acaparamiento indebido de las tierras de Marina Kue y contra las sentencias injustas que deshumanizan a los jueces que las dictaron. Otra muestra de la lucha por el reconocimiento de la dignidad de las personas, es la que llevan adelante los pobladores organizados del Bañado norte, de la parroquia Sagrada Familia, directamente afectados por las obras de la segunda etapa de la Costanera, que han sido menospreciados e ignorados por las instituciones, y se han manifestado en este mes de julio instalando una carpa de resistencia para defender “su tierra”, exigiendo la participación y la debida información a la que tienen derecho.

Estos clamores son necesarios y muy importantes, deben ser escuchados y atendidos para que nuestra sociedad se humanice, para que no renunciemos a vivir como hermanos, para que sea posible lo que dice el Papa Francisco: “¡Qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro!” (Evangelii Gaudium, 210).

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