OPTO POR CREER EN DIOS

| marzo 17, 2017 | Comments (0)

P. José L. Caravias,  SJ.

Acción febrero 2017

No tengo pruebas científicas de que exista Dios,
ni de lo que pueda haber después de la muerte.
Remando ya la laguna de los 80, las dudas acribillan mi fe.
Me bullen los interrogantes
ante las crueldades estructurales de los poderosos,
el sufrimiento de los inocentes,
la miseria de tanta gente,
las catástrofes naturales…
¿Dónde está Dios? ¿Por qué no actúa?
¿Por qué algunos bandidos lo pasan tan bien y tanta gente buena lo pasa tan mal?
¿Por qué Dios se queda con los brazos cruzados
viendo cómo el malvado se traga al inocente?
Es insoportable el silencio de Dios ante tanto sufrimiento absurdo.
¿Por qué no liberaste ni a tu propio Hijo de aquella muerte tan ignominiosa?
¡Silencio terrible!
Si existes, eres un Dios escondido… ¿O es que eres cruel? ¿O impotente?

No tengo tampoco pruebas de lo que significa la muerte.
Personalmente ya he visto varias veces sus orejillas.
Muchos compañeros de ruta ya no están… Se marcharon para siempre.
Ante tantas muertes acompañadas y tantos cadáveres velados
se me congelan las preguntas…
¿Dónde están? ¿Me pueden oír? ¿Les puedo agradecer o pedirle ayuda?
¿Acaba todo en gusanos y podredumbres?
¿Y si no hay nada?
¡Silencio sepulcral!

Ante muchos avances de la Ciencia la fe clásica se me escapa
como arena entre los dedos…
El planeta Tierra no es el centro de la Creación,
sino un punto azul de un pequeño sol de una galaxia marginal…
Resulta que la evolución de la vida y de los humanos
está en marcha desde hace millones de años…
Las enfermedades tienen causas y remedios naturales…
La genética realiza “milagros”, antes ni soñados…
La pobreza es un problema socio-político…
No se trata de posesiones diabólicas, ni de castigos divinos…
Conozco a gente honrada y feliz sin tener para nada en cuenta a Dios.
¿Dónde quedan tantas creencias y rezos para conseguir la felicidad
y espantar enfermedades y desgracias?
¡Muchas prácticas religiosas son un fracaso!

Dios se nos escapa. No es representable ni controlable.
No es omnipotente.
Ni siquiera tiene nombre… Mil nombres, pero ninguno vale.

Pero, aturdido en medio del tornado, se me impone otra realidad:
Tengo que reconocer que la fe en Dios me ha ayudado eficazmente
a cultivar ideales,
a meterme en serio entre los pobres,
a superar grandes dificultades,
a ayudar a dignificarse a mucha gente…
He sentido, a veces, sus pasos callados…
Por ello, razonable y libremente opto, de forma nueva, por creer en Dios.
Rebosando interrogantes, doy el salto en el vacío.
Mi vida, tan comprometida y tan dichosa, es una realidad palpitante,
que no se puede entender sino apoyada conscientemente en Dios.
No puedo negar una presencia divina en mi vida.
Ni en la vida de otras muchas personas a quienes he acompañado en profundidad.
Contemplo a Dios en parejas largamente enamoradas y en madres heroicamente soli-daras.
He sintonizado la presencia de Dios en heroicas luchas de organizaciones populares…
Reconozco que no somos capaces de comprender a Dios tal cual es.
Él es siempre mayor de lo que podamos pensar o imaginar.
No lo veo, no lo puedo tocar,
pero he experimentado personalmente sus energías,
tan tiernas y tan poderosas…
Encerrado en calabozo sin horizontes la mano de Dios acarició mi corazón.
Sentí su abrazo cuando me calumniaron o me persiguieron a muerte…
Con su doble tracción he atravesado ciénagas tenebrosas…
Su energía ha iluminado mis recodos oscuros y movido mis pesadas maquinarias…
Tanto, que a mis 81 años puedo compartir gozoso la vida de un barrio marginal…
Por eso opto por creer en Dios, pero un Dios distinto…

A partir de mi experiencia vital de Dios,
extasiado puedo admirarlo en las maravillas de la naturaleza.
Creo que las energías del Universo, gravedad y expansión, son de Dios,
tanto en el micro como en el macrocosmos.
Reconozco que las maravillas de la evolución de la vida a través de millones de años
son reflejo de la paciente sabiduría divina.
Acepto con entusiasmo la lenta y larga evolución de los homínidos,
en proceso asombroso de humanización ascendente.
Pienso que el homo sapiens no es el término de la evolución.
En lento y largo proceso evolutivo se desallorarán nuevos humanos,
con capacidades superiores de inteligencia y amor.
Creo que existen en el Universo una diversidad exuberante de seres conscientes,
en constante evolución hacia arriba.
Pero acepto que en este pequeño planeta no somos hoy capaces
de detectarlos, ni de relacionarnos con ellos.

Me comprometo por la dignificación de todos los humanos de este planeta.
No importan demasiado las religiones.
Lo importante es si nos ayudan a ser más humanos.
Creo que algún tipo de presencia de Dios actúa en todas las religiones.
Dios hay sólo uno.
Pero se insinúa en diversidad de formas, según cada cultura.
Dios no necesita ni nuestros rezos ni nuestras ofrendas.
Él permanece siempre en actitud respetuosa, ¡silenciosa!,
dispuesto a fortalecer con suavidad nuestros compromisos,
si es que de veras queremos dejarnos ayudar por él en el camino del amor.
Dios ha puesto la marcha de la historia en nuestras manos.
Y no está dispuesto a sustituir nuestras responsabilidades…
La fe en él implica compromisos eficaces, personales y sociales,
por construir un mundo digno y justo para todos.

Opto por creer en Jesús, el hombre en el que se manifestó Dios en plenitud.
Él muestra que la omnipotencia de Dios es el amor.
Y nos fortalece para amar sin condiciones.
Según Jesús, a Dios sólo se accede a través del amor.
Y nos promete, con su ayuda, el triunfo definitivo del amor…

El Dios de Jesús no tiene poder. Es sólo misericordia.
Le duele el ser humano.
Pero es impotente ante la libertad que nos dio.
Es tan impotente que necesita de nuestra colaboración.
En el rostro de todo sufriente veo el rostro de Jesús interpelándome.
Lo hago presente en mi vida viviendo la misericordia…
A lo único que ayuda Dios es a querer,
especialmente a los marginados, creando fraternidad.

Me entusiasma la figura del Jesús de los Evangelios.
Cristologías y Cristofanías. También novelas, pinturas, películas…
Pero rechazo indignado enfoques fanáticos, trasnochados o elitistas.
Creo en el triunfo evolutivo de Cristo.
Él es la cumbre, el punto Omega, hacia el que tiende la marcha del Universo.
Creo en su presencia intercultural, interreligiosa e intergaláctica…
Espero que de alguna forma el amor que he desarrollado en esta vida
se expanda sin fronteras,
más allá del espacio y el tiempo…
Lo acepto, en oscuridad, sin preguntar por el cómo.
Con los ojos puestos en Jesús, el Jesús encarnado, hago antesala tranquilo…

 

 

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